miércoles, 12 de febrero de 2014

OTRA VEZ BARRABÁS



OTRA VEZ BARRABÁS

 No tenemos fe ni nos interesa tenerla, nos hemos enterrado en el mundo y no levantamos la cabeza, reptamos sobre la faz de la tierra perdiéndonos en sus preocupaciones, quedando ahogados en nosotros mismos, vencidos por la propia debilidad.

 No amamos a Dios, no lo recibimos, entonces, no tenemos Fortaleza, nos vence la propia debilidad, además de que se echan encima los demonios y también la corriente del mundo nos envuelve asolando, desolando, carcomiendo.

 Lo único que tenemos es un deseo siempre creciente de adoración, de ser satisfechos, o sea, un ego abismal o un ego que es un abismo de egolatría infernal.

 Nos desgarra el deseo desesperado de ser adorados, no hemos que es el mismo satanás que arde en nosotros, es su espíritu-esencia, y aunque cueste admitirlo, es horrible decirlo-escribirlo, esa es la realidad.

 Nadie en sus cabales adora a satanás, sin embargo, indirectamente las almas lo hacen, porque cada uno le rinde culto al vacío, al abismo, a la desolación, o sea, a la ausencia de Dios en su vida.

 Las almas practican egolatría, narcisismo infernal, se adoran a sí, a esa imagen fantasiosa que de sí construyen, solo piensan en sí gestando un yo-ego tan grande que las devora-consume-destruye, y eso mismo es lo que practican los dementes idolatras que adoran a satanás directamente.

 Nadie quiere tener a satanás en su casa-vida-corazón, sin embargo, aceptamos su inmundo y repulsivo espíritu, lo recibimos y lo cultivamos. Esto ocurre cuando nos llenamos de amor propio, buscamos satisfacer el orgullo, cuando obramos para ser vistos, amados, adorados, tomados en cuenta, etc.

 Mientras no remediemos esos caprichos y no desechemos esas ambiciones, vamos a continuar padeciendo la desolación, la ausencia de Dios que provocamos y que en definitiva queremos porque estamos manifestando que nos preferimos, que nos anteponemos y que a Él lo posponemos.

 En definitiva, elegimos a barrabás desechando al Señor, porque elegimos el orgullo, el amor propio, el culto a sí mismo, pero con la horrenda máscara de que es por Dios.

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